El puente de los dioses
adaptado por Scott Blume


En los días de antaño, cuando los primeros pobladores se establecieron al Noroeste del Pacífico, la gente contaba historias para acordarse de los grandes sucesos. Cantaban que una vez la cuenca del Río Columbia cubrió la tierra formando un gran mar y que la gente vivía en aldeas a la orilla de la playa. Este mar, y todos los riachuelos que desembocaban en él, estaban llenos de peces. Aves acuáticos poblaban los cielos y había abundancia de caza en las colinas. Durante el verano había zarzamoras y frutas en abundancia. Por todas partes de las praderas crecían gruesas raíces.

Un día un gran terremoto sacudió la tierra. Algunos dijeron que fue causado por una lucha entre los monstruos gigantescos que partieron la tierra con sus colas potentes. Una gran grieta apareció. Con un rugido ensordecedor, las aguas del mar se apresuraron al abismo, tirando árboles y piedras en explosiones de barro y escombros, ahogando a los monstruos. El Gran Mar desapareció uniéndose al océano del oeste. Hasta la fecha, el Río Columbia desagua usando la misma cuenca. Pero una vez, un gran puente de piedra se extendió sobre las dos riberas. Así es cómo apareció y como cayó.

Una anciana que se llamaba Loowit vivía al lado del gran río. De niña, siempre descalza, había aprendido a cosechar la fruta, y a preparar pescado y carnes con las otras mujeres durante el verano. Ella había recogido las raíces, secado salmón y zarzamoras para sostener a su gente durante el invierno. Ella esperaba las grandes reuniones dos veces al año, donde toda la gente se reunía a comerciar, bailar, y a dar gracias a sus antepasados.

Ella había escuchado las historias de los ancianos y sabía de la existencia del Gran Mar de tiempos antiguos. Ella había escuchado las historias de los monstruos gigantes que lucharon sobre el mundo y partieron la tierra. Y ella había oído que los mismos montes habían peleado entre sí por una bella montaña que se había mudado a un valle pequeño que existía entre ellos. Cuándo ella coqueteó con ellos, ellos empezaron a luchar uno contra el otro. Los montes cubrieron sus lados con colores de guerra de fuego líquido. Ellos bramaron humo y fuego y se lanzaron rocas candentes uno al otro hasta que la bella montaña se asustó y se alejó a esconderse en una cueva.

Loowit también sabía la historia de su gente y de cómo habían llegado a la tierra a lo largo del Río Columbia: Tiempo atrás, el Gran Espíritu Tamanawis remó por el río cuesta abajo con sus dos hijos al lugar que nosotros llamamos Las Cascadas. El salmón abundaba ahí, y la tierra era muy hermosa. Ambos hijos la querían para si mismos. Ellos discutieron, y después, pelearon entre si. Entonces, dijeron los ancianos, Tamanawis tomó su arco y disparó dos flechas -- una hacia el norte y la otra hacia el oeste. Él dijo: <<Vayan. Encuentren las flechas. Dónde esté cada flecha, ustedes pueden tener esa tierra.>> Uno fue al Norte sobre la llanura. Él fue el primer abuelo de la gente de Klickitat. El otro siguió la flecha hacia el oeste al Valle de Willamette. Él llegó a ser el primer abuelo de los Multnomahs. Entonces Tamanawis hizo un gran arco de piedra sobre el río para que las tribus, quizá pudieran ser amigos. La gente podía caminar de un lado del río al otro. Según las leyendas, el puente era tan ancho que había oscuridad en el túnel. Éste llegó a ser conocido como el Puente de los Dioses.

En el tiempo de Loowit, la gente se multiplicó. Había muchas aldeas a lo largo del río. Muchos se reunieron para la recolección del salmón. Pero, algunos hicieron las cosas malas. Fueron egoístas y pelearon entre ellos. No estaban agradecidos por el salmón, y por los frutos de la tierra. Ellos no agradaron al inmortal Tamanawis. Un día Loowit se despertó y se encontró con un cielo aún oscuro. El sol no salió, y el frío y la nieve aparecieron. Las personas temblaron de frío y no tenían fuego. La anciana era sabia. Ella fue ante Tamanawis y le imploró por el sufrimiento de su gente. Tamanawis fue tocado por su petición, y cedió. Él restauró el mundo para que la gente aprendiera a ser mejor. Él los dejó con el regalo del fuego.

Porque Loowit abogó por su gente, le concedió un lugar de honor en el Puente de los Dioses como Guardiana del Fuego. Todos podrían tomar brazas de ella para sus propios fuegos. Ella sirvió fielmente. Ella atendió el fuego tan diligentemente, y era tan amable con las personas que venían a ella por el fuego, que el Gran Jefe estaba muy complacido.

Ahora Tamanawis tenía un regalo que había dado a muy pocos, entre ellos sus hijos Pahto y Wyeast. Él decidió conceder este regalo a Loowit también. Él le regaló la vida eterna. Pero Loowit lloró, porque ella no quería vivir para siempre como una anciana sin dientes, con una espalda adolorida y la visión borrosa. Tamanawis no podía quitarle el regalo, pero le dijo que le concedería un deseo. Ella pidió ser joven y hermosa otra vez. Tamanawis pasó las manos sobre ella. De repente, su cabello ya no era gris. Se volvió más negro que el carbón, y sus ojos eran más morenos que la corteza del árbol de abeto. Ella estaba radiante, recta y orgullosa. Ella se vistió en ropas blancas.

Comentarios sobre su belleza se extendieron por todas las naciones. Hombres vinieron a su hogar deseando ganar sus favores. Ellos vinieron con regalos, y competían en hazañas de fuerza. Ellos no sabían que Loowit era joven en apariencia pero vieja en el corazón. Ella no deseaba a ninguno de los jóvenes. Un día ella vio al mismo Wyeast que venía de la tierra de los Multnomahs en el oeste. Ella vio a Pahto de Klickitat, viniendo del norte. Ellos se encontraron en el Puente de los Dioses. Ellos habían venido a ver la hermosura de Loowit por sí mismos. Ambos le declararon su amor. Ambos deseaban casarse con ella.

Loowit no escogió a ninguno. Ambos hombres se enojaron. Ellos comenzaron a discutir, entonces ellos pelearon por tenerla, y sus seguidores lucharon con ellos. Ellos se extendieron por el puente e hicieron guerra. Hogares fueron incendiados. La mayor parte de las aldeas fueron destruidas. Los bosques fueron consumidos, dejando solamente rastros negros. Las zarzamoras y raíces fueron reducidas a cenizas. La caza escapó muy lejos y la gente huyó. Loowit se escondió del miedo.

Tamanawis miró hacia un mundo devastado, ardiendo en ruinas y lloró de pena. Sangre había sido derramada, y el río ya no era un símbolo de paz. Enfurecido, Tamanawis aplastó el Puente de los Dioses. Piedras enormes cayeron al río y ahí están, haciendo hervir la corriente hasta hoy en día.

Tamanawis sabía que su ley se debía mantener. Los contendientes no podían quedarse sin castigo. Como los hermanos eran inmortales, Tamanawis los transformó en grandes montes. Ellos son montes hoy. Wyeast, nuestro Monte Capucha (Mt. Hood) que aún sostiene su cabeza en alto. Pahto, que era de corazón tierno, agacha su cabeza de pesar. Lo llamamos el Monte Adán (Mt. Adams).

Loowit, por quien los dos habían peleado y destruido tanto, fue transformada en una montaña también. Ella retuvo su belleza, pero no había una cima más encantadora en las Cascadas que la de la bella Montaña Santa Elena (St. Helens). El suyo era un cono simétrico, de un blanco deslumbrante-- la bella doncella envuelta en nieve. Pero Loowit siguió alimentando su orgullo dentro de sí. Y cuando estalló en llamas, su belleza se estropeó, sus lados rayados con ceniza, y su figura una vez más encorvada y quebrantada.